El viernes y la cercanía del fin de semana me empujan fuera del auto.

Son las siete y de mi boca sale el humo de un cigarrillo invisible que cada mañana de invierno me empeño en fumar.

Cruzo la puerta de entrada, dejo los guantes, la mochila y saludo a mis compañeros.
El aula está casi vacía.  Abro el teléfono: la señal es siempre baja. Aun así, Twitter funciona lo suficiente como para leer las noticias.

Nada especial, un retuit por acá, el periódico #FF a los amigos.
Busco entre los hashtags a la selección. Somos los campeones del mundo y podemos ganar otro mundial este año.
De repente leoasícomosinada: #lasMalvinasSonArgentinas #Guerra #goEngland #War #makeLoveNotWar
Levanto la cabeza, aturdido.
Lo busco, lo posteo. 3, 4, 6, 18 retuits.

Con ademán de reproche, la seño me saca el teléfono, y lo guarda en su bolsillo.
Intento explicarle la tristeza, los hashtags, la noticia.
Nada. Ella nunca se llevó bien con la tecnología.
En el camino a la dirección, pienso en las imágenes de Vietnam que vimos en los libros.
Después la puerta, el reto, firmar el libro, volver a casa.
En la plaza nos juntamos a jugar al fútbol: triste consuelo del toque de queda electrónico.
Los celulares, amontonados en la esquina del corner, forman una montaña inútil sin conexión.
Luego de dos horas, transpirados, cansados, lidiando entre una realidad que no comprendemos del todo y nuestra necesidad de manifestarnos, volvemos a casa.

La noche transcurre lenta, muy lenta, como la conexión, que acaba de volver.
Antes de que nos volvamos a desconectar, posteo algo sobre la censura y me voy a dormir.
Las luces y el ruido fuera me desconciertan, y escucho mi comentario repetido en voz alta varias veces.
Alguien debió de haber espiado en el grupo.

Mientras me llevan, logro mandar una foto.
Con suerte, alguien va a trackear la localización del último post.
Entro en el auto.

#020412

Esta podría haber sido la crónica de aquel día si Internet
y puede ser, porqué no,
el relato geek de algún futuro cercano.

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