Un #hashtag hace arder el ciberespacio: las multitudes se agolpan indignadas en los muros de Facebook para protestar, los memes pululan en foros y comentarios, decenas de videos en Youtube levantan su voz y el estallido social parece inminente. Sin embargo, a nivel local, estas iniciativas digitales han tenido poca aceptación. ¿Fallan las herramientas o estamos demasiado apegados a las bombas de estruendo? 


Foto de Nico Hoggs remixada por Aurich Lawson.

En una era social como la que vivimos, donde las conversaciones se hacen visibles y virales en partes iguales, propagándose a la velocidad de la luz, las protestas digitales parecen tener también el don de la multiplicación del ruido.

Las revueltas en Egipto encendieron las luces de esperanza en quienes vieron en las redes sociales un vehículo eficiente para la comunicación y coordinación de las masas enardecidas. Los medios, frente al peso de los distintos trending topics, así lo reflejaron en sus análisis.


Visualización realizada por André Panisson sobre cómo se esparcieron las noticias vía Twitter en Egipto, en tiempo real.

Pero en estos hechos se suele crear un gran malentendido que generan una confusión importante: no son “las redes sociales” las que hacen posible la coordinación de las masas, sino la tecnología que subyace tras las herramientas.

Previo a la invención de las redes sociales como las conocemos, y luego del fatídico atentado en al estación de Atocha, en Madrid, el 11 de marzo de 2004, los ciudadanosorganizaron las protestas vía SMS. La velocidad de transmisión y retransmisión de los mensajes permitieron que cada una de las grandes ciudades españolas tuviera su manifestación en contra del entonces presidente del PP -posteriormente, debido a las protestas, no reelegido- José María Aznar.

En Londres, la experiencia de Egipto propició el comienzo del control estatal de páginas públicas, hashtags y personas para tratar de determinar la locación de futuros incidentes. Twitter fue culpado de ser el eje de las movilizaciones que concentró la atención de medios y policías. Por lo cual, inteligentemente, los usuarios cambiaron rápidamente a una herramienta sobre la cual no se puede tener control debido a la naturaleza cerrada de la misma: el mensajero de Blackberry. De nuevo, a la hora de organizarse, la herramienta es sólo la excusa que permite la transmisión veloz de datos de manera que sea muy fácilmente reproducibles y reenviables.

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Manifestante con su teléfono en las protestas en Londres, 2011.

El movimiento Occupy Wall Street en Nueva York llevó el uso de la tecnología y de los canales sociales más allá de lo anteriormente conocido, llegando a crear sus propias redes inalámbricas (las “freedom towers”) para quedar libres de la vigilancia y control. Lo digital insufló fuerzas primero, y expandió los límites de las demandas públicas después.

freedom towers
La “freedom towers” del colectivo Occupy Wall Street.

Sin embargo, en nuestro país las protestas organizadas en la esfera digital han tenido poca o ninguna masividad, salvo la referida al canon digital donde, al ser un tema que toca de cerca al universo de referencia en las redes sociales, produjo el freno del debate sobre esta ley. Otras iniciativas que han tenido mucha convocatoria en redes sociales no han tenido mayor presencia en el ámbito público. Ejemplo de ello es la masiva convocatoria a un “paro de usuarios” en la ciudad de Córdoba, donde algunos grupos en Facebook llegaron a tener 11.000 usuarios y centenares de tuits lograron crear un hashtag de repercusión nacional.

Nos obstante, la fecha del paro llegó y apenas algunos usuarios se hicieron eco de este llamado, con muy pocos casos registrados de personas que efectivamente se negaron a pagar el boleto. Y así, decenas de otros ejemplos.

Llamamos a estas iniciativas, de gran impacto en el ámbito digital pero de poca relevancia en el espacio público, “Revoluciones de escritorio”.

El abismo en el cual este concepto se crea, entre la voluntad cierta manifestada a través del clic, comentario, o retuit, y lo que finalmente sucede, plantea algunas preguntas sobre nuestra sociedad:

  • “¿Desestimamos cualquier otra forma de organización que no implique un contacto físico entre quienes llevan adelante la movilización?
  • “¿La falta de materialidad entre partes le quita veracidad a los acuerdos establecidos en las redes sociales?”
  • “¿Somos incapaces de hacer frente a la responsabilidad cuando la acción requerida implica salir de detrás de la PC?”

Cierro con un pensamiento elaborado a manera de definición:

“En ciertos contextos, la presión social ejercida por la interacción de un usuario desde cualquier dispositivo técnico o plataforma es directamente proporcional a la cantidad de personas que reproduzcan el mensaje en el ámbito público físico de manera tangible*”.

De otro modo, seguiremos hablando de las inocuas, livianas y virales “Revoluciones de escritorio”, hechas para conformar el espíritu, pero que no cambian ni un ápice nuestro contexto social.
*Entendemos por dispositivos técnicos a celulares, computadoras, tablets, etc. Y por plataforma a aquel software basado en internet que constituya o no una red social,  y que permita a sus componentes comunicarse entre si, tal como Facebook, Twitter, etcétera.

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