El problema siempre es de los otros.

El problema era de la radio, que hechizaba a jóvenes y no tan jóvenes con esas voces que salían de cajas virtuales donde no había nada más que transistores y cables. Luego, integrada la radio a lo cotidiano, el problema fue de la televisión, que con sus magnéticas imágenes hizo que la familia entera incorporara a la que luego llamarían “caja boba” como un integrante más, modificando para siempre la vida familiar. Una ventana al universo se había abierto y la fascinación aún no se ha acabado.
En uno y otro caso, educadores, padres, tías y las vecinas del barrio comentaron, en aulas, hogares y veredas respectivamente, sobre el ocaso de la atención de los jóvenes, perdidos en la tecnología de punta, absortos.
De menor impacto pero más cercano, la tecnología asociada a la portabilidad musical (también conocida como “walkman”) encendió las polémicas por la desconexión a la que los jóvenes, progresiva e irremediablemente, se iban a someter. Una generación perdida, desconectada, ensimismada entre auricular y auricular.
Y por último Internet, cuyo impacto fue silencioso al principio, para luego convertirse en la verdadera amenaza de la educación moderna.
Porque sacó a la luz la información guardada en sagrados libros y en la memoria de los maestros, y quebró el paradigma del acceso libre a la información. Pero por sobre todo, porque la radio, luego la tele y ahora si, finalmente, las computadoras, han quebrado la linealidad de los procesos cognitivos, dividiendolos en períodos de atención cada vez más cortos.

De profesores y alumnos

Estamos frente a un esquema de relacionamiento entre profesores y alumnos que data del siglo XVIII, contenidos del siglo XIX y XX y protocolos de transmisión de información tendientes a generar conocimiento que fluctúan entre el siglo XV y el XXI, la conclusión casi unánime entre educadores, es que el problema es la tecnología. Que genera distracción, dispersión y síndromes que son tratados en consultorios.
Es posible que en términos de eficiencia cognitiva, los procesos actuales disminuyan la adquisición de información. La información se trasladó del aula, se movió, desmaterializó, se hizo ubicua. El conocimiento, sin embargo, sigue pendiente de la mediación que construye el docente en las aulas: Ayudando a conectar los puntos.

Sin embargo, muchos educadores se empeñan en señalar con el dedo a la tecnología en cualquiera de sus manifestaciones, señalando una falta de comprensión de los contenidos y una limitada capacidad de atención. Pero esos indicadores de progreso escolar, así como las metodologías de enseñanza, deben adaptarse a los cambios que suceden, en el plano social y perceptuales del alumno, con una única meta: colaborar para que se genere conocimiento.
Y el verdadero problema quizás sea poder admitir que no son solo los celulares, ni las computadoras ni las redes sociales lo que han generado una falta de interés que se manifiesta cada vez más latente en clase.

Quizás haya que comenzar a admitir que la relación profesor/maestro alumno debe cambiar, que las herramientas utilizadas y las metodologías de transmitir conocimiento deben cambiar y adaptarse a una realidad completamente diferente para la que fueron diseñadas.

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A este respecto, puede verse el artículo: “Enseñar, esa palabra anticuada

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Un extracto de este artículo fue publicado originalmente en el periódico La Mañana de Córdoba

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